lunes, 9 de junio de 2025

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El ruido y la grafica desde una postura política : crítica desde una postura punk al mercado del arte contemporáneo

 Galerías blancas, precios negros: el mercado del arte contemporáneo

Entrar a una galería de arte contemporáneo suele sentirse como cruzar la frontera de un mundo al que no pertenezco. Hay silencio, vino barato, palabras pretenciosas y una blancura que lo purifica todo, incluso lo que alguna vez fue incómodo o subversivo. La estética punk no fue hecha para sobrevivir en estos mausoleos del capital simbólico. Pero ahí estamos, a veces en forma de gráfica, a veces como espectros. Lo cierto es que el mercado del arte contemporáneo, ese sistema que asigna valor a lo que muchas veces nace de la rabia, la precariedad o el deseo de romper con todo, convierte en mercancía lo que debería ser ruido, molestia, grito.

Desde mi lugar como artista gráfico con afinidad estética y política al punk, me es inaceptable ignorar el modo en que las obras de corte “alternativo”, “underground” o “callejero” son asimiladas por el mercado como modas decorativas. La gráfica punk —cruda, serigrafiada, plagada de errores, saturaciones, letras torcidas y mensajes urgentes— empieza a habitar los mismos espacios que antes solo acogían pintura abstracta o instalaciones minimalistas. Y eso no es necesariamente una victoria.

El arte punk, cuando se desliza hacia los pasillos del mercado, corre el riesgo de convertirse en un gesto estético despolitizado. Las casas de subastas venden obras inspiradas en flyers de conciertos DIY, y las galerías hacen ediciones limitadas de impresos con estética anarco punk . Lo punk se vuelve “cool” y, por lo tanto, se vuelve objeto de deseo. Pero ¿qué pasa con el contenido? ¿Con el grito? ¿Con la rabia? Se vuelve solo una fachada.

El mercado del arte contemporáneo opera desde una lógica de exclusividad, de escasez fabricada, de firma y currículum. Valora lo que puede exhibir, catalogar, registrar. En ese sentido, es profundamente opuesto a la lógica punk del “hazlo tú mismx”, del acceso abierto, de la copia infinita, del fanzine que pasa de mano en mano sin firma, sin copyright. La obra punk no nació para ser única ni cara. Nació para ser útil, agitadora, inmediata.

 Ser artista gráfico y punk: entre el papel cortado y el mundo hecho mierd$$$

Ser artista gráfico con una postura punk no es simplemente tener una estética sucia o saber usar el blanco y negro. No es copiar portadas de Crass o usar tipografías rotas. Es una forma de estar en el mundo. Es decidir, muchas veces de forma consciente, no entrar del todo en el circuito del arte, aunque a veces nos toque cruzar sus puertas por necesidad. Es saber que tu trabajo tiene valor, pero resistirse a que ese valor se mida en pesos o en prestigio.

En mi experiencia, ser artista gráfico y punk a la vez es vivir en una tensión constante. Por un lado, amo la gráfica como herramienta de comunicación directa. Es rápida, replicable, física. No necesita traducción. Una imagen y unas pocas palabras pueden decir lo que cien discursos institucionales no logran. Pero también me encuentro con el límite: la precariedad. Imprimir cuesta. Vender impresos cuesta aún más. El “mercado” no quiere copias, quiere originales. Quiere edición limitada. Quiere marcos.

A veces he participado en ferias de arte donde mi mesa está al lado de alguien que vende cuadros de 100,000 pesos. Yo tengo mis serigrafías a 10.000. Y claro, me preguntan si son originales, si están firmadas, si hay pocas. Y yo pienso: ¿por qué tendría que haber pocas? ¿Por qué tenemos que jugar a que el arte es un bien escaso, cuando mi impulso es hacer que circule?

En la gráfica punk, lo que importa es la calle, el fanzine, la intervención, el mural en ruinas, la pancarta en la protesta, el cartel que denuncia un feminicidio, el sticker en un baño público. No hay curaduría, ni carpeta, ni statement. Pero hay intención, hay mensaje, hay vida. Y eso, para mí, vale más que cualquier exposición en una galería de renombre.

Al mismo tiempo, hay que reconocer la contradicción: todxs queremos vivir de nuestro trabajo. Queremos comer, pagar renta, tener papel y tinta. Y muchas veces, la única forma de hacerlo es entrando (aunque sea a codazos) en el sistema que decimos criticar. ¿Es eso traición? ¿O es estrategia? Tal vez sea una especie de ocupación silenciosa: estar adentro, pero con los puños apretados.

 Punk en el ambiente artístico: ruido dentro del sistema

Decir que el punk no tiene lugar en el ambiente artístico es falso. Está ahí, incómodo, resistiendo. A veces disfrazado, a veces explícito. Pero está. Hay artistas que han llevado la estética punk a museos y han logrado mantener su postura crítica. Hay colectivos que usan los recursos del arte institucional para financiar proyectos radicales. Hay redes de afecto, de creación y de lucha que nacen al margen pero que también se infiltran.

El problema es que el sistema artístico se alimenta de todo lo que lo contradice. Como un parásito elegante, toma las formas de resistencia y las vuelve decorativas. Una exposición sobre arte punk curada por una universidad privada no es necesariamente una celebración del punk: puede ser su entierro.

Pero ahí entra la estrategia. Ser punk en el ambiente artístico no es solo gritar y escupir. Es también pensar tácticamente. Usar sus espacios para hablar de lo que no quieren oír. Llevar la gráfica combativa a lugares donde la gente solo espera ver diseño. Intervenir desde adentro sin dejar de ser de afuera. Construir alianzas sin volverse mascota institucional.

También hay algo valioso en la forma en que el punk ha generado sus propios circuitos artísticos alternativos: ferias de gráfica autogestiva, exposiciones en espacios independientes, redes de distribución de zines, talleres comunitarios. Eso es arte también, aunque no entre en las estadísticas del mercado. Y quizá ahí está la verdadera potencia: en lo que no se puede comprar ni vender.

El arte punk es participativo, comunitario, sucio, político. No necesita permiso. No necesita sala. No necesita aprobación. Y, sin embargo, puede convivir con todo eso si sabe cómo entrar sin dejarse tragar.

 Hacer ruido en vez de capital

El mercado del arte contemporáneo, en su forma más pura, convierte el arte en objeto de lujo. El arte punk, en cambio, es ruido, protesta, acción. El conflicto entre ambas lógicas es inevitable, pero también fértil. Como artista gráfico con una práctica afín al punk, no puedo evitar sentirme escéptico del sistema, pero tampoco puedo fingir que no existo en él.

Lo punk, como posición estética y política, nos obliga a pensar el arte no como producto sino como herramienta. No como símbolo de estatus, sino como vehículo de expresión colectiva. En un mundo donde todo se vende, resistirse a ponerle precio al arte es ya una forma de lucha.

La gráfica punk no busca la eternidad, busca el impacto inmediato. No quiere ser parte del catálogo de una subasta, quiere estar en la calle, en las mochilas, en las marchas, en las paredes. No quiere coleccionistas, quiere cómplices.

Y eso, al final, no lo puede comprar ninguna galería.